Sentados o tumbados con los abiertos o ojos cerrados, en una habitación o en la naturaleza. Hacia un lugar que conozcamos o imaginado.
Relajamos. Comenzamos con una respiración pausada, varias veces respirando y poniendo nuestras manos en la boca del estómago. Sentimos así como sube y baja el diafragma. Igual nuestras manos suben y bajan despacio al ritmo de la respiración. Estamos tranquilos. Dejamos caer nuestro peso del cuerpo y los músculos se relajan. La mente también está tranquila como para adentrarnos en un claro bosque.
Sentimos la presencia del suave viento en nuestro rostro. Recorremos el hermoso manto verde de hierba a nuestros pies. Como una caricia que nos hace sonreír, andamos despacio, sin alterarnos ante la belleza de un riachuelo que cae en cascada, con el grato sonido gorgojando de los pájaros y los bellos colores de mariposas revoloteando alrededor.
Estamos en un lugar seguro donde podemos llegar siempre que lo queramos. Insistimos en las suaves pisadas y sutiles sonidos de hojas y agua corriendo. Nos sentimos bien, para sentarnos y contemplar la rugosidad de la roca; el agua fresca del manantial baña nuestros pies desnudos y nos llega esa sensación placentera de aromas sutiles junto a la calma que nos transporta a momentos de placer y bienestar.
Nos dejamos caer de espaldas contra la piedra enorme, sin humedad, con el tibio calor corporal pasándolo a la piedra, nuestra temperatura se regula. Nos sentimos a gusto para continuar el recorrido por el agua, cruzando la pequeña cascada. La corriente choca estrepitosa con nuestra piel salpicada, rejuvenecida.
Podemos ver la otra orilla pero decidimos tumbarnos en el agua y flotar como si nos sujetaran. Vemos el cielo y las copas de los árboles. Mientras nos mecemos en superficie. Y nada nos asusta ni tememos nada. Todo es diáfano a nuestros ojos y los mantenemos abiertos disfrutando de nuestra compañía.
Salimos del agua y en esa orilla nos secamos al sol sentados, con la hierba debajo ya descansados y nos ponemos en pie para encontrar un camino de espinas y otro camino de flores. Sin dudar, escogemos uno para volver a sentarnos y contemplarlo risueños, despejados.
Vemos su claridad y esto nos trae una visión interior mientras estamos respirando despacio, seguimos sentados y las manos vuelven al estómago en un sube y baja lento, continuo. Hacemos respiración cogiendo aire y exhalamos repitiendo el respirar.
Mis músculos relajados vuelven con tono, sin prisa. Con agudeza nuestros ojos se abren. Sentimos esa claridad interior. Nuestras manos y pies se mueven y se estiran. Nos estiramos.
Volvemos a la realidad. Hemos terminado el paseo.
Si buscas un refugio al que recurrir tanto como quieras. O si tienes toma de decisiones, este es el sitio.
Deja un comentario