Han pasado semanas desde que Romeo se guarda de compañías. Últimamente no sale ni hace nada por salir. Vive entre su trabajo de DJ y sus esperanzas de encontrar a la chica que le dijo una hechicera al leerle el futuro.
Paseaba para comprar unos ritmos para su música y la joven le paró en el escaparate para advertirle de un amor grande y sostenible. Pero no le dijo cuando se conocerían y el sonrió dándole una monedas. No esperaba hacerlo mientras pinchaba. Ni de que el amor que le había descrito le hechizaba y le encandilaba de tal modo que sentía la necesidad de conocer más del tema. Tenía que volver a ver a la adivinadora, pero no sabía donde ir, no le dejó seña alguna, solo le aconsejó que no corriese hacia ella y no se le ocurrió preguntarle por qué, le pareció un gesto simpático pero surrealista. El no estaba buscando relación alguna. Tan pronto como caía la noche se preparaba para salir a buscar distracción fuera de su habitación, se paseaba por el salón, pasaba por la cocina cuando le entraba apetito y volvía al cuarto a hacer reflexión sobre lo que le pasaba mientras trabajaba, que no debía hacer caso de esas supercherías, pero la sombra de una mujer a la que no conocía le embriagaba sin poder evitarlo ¡Había llegado a enamorarse acaso sin conocer a la dama de los sueños! ¿O qué infusión prepararse para volver a su estado racional? Encontraba solo preguntas sin respuesta. Y eso no hacía más que perturbarle y sacarle de sus casillas. Solo quería sentirse libre, como le parecía que era hasta entonces, que si quedaba con su grupo de amiguetes, nada se interpusiera aún cuando decidiese estar con alguna mujer esporádicamente
Decidió buscar a la hechicera, ya que con ella se inició tal desastre emocional. Y los amigos le ayudarían. Siendo al cabo de una semana de torbellino mental, latiendo y viviendo para encontrar su paradero.
Al cabo, no encontró opción distinta a llevar a aquella extraña y misteriosa mujer a sus aposentos, ya que el estaría esperando a que sus hombres apareciesen con ella en cualquier momento, a pesar de encontrarse en pantalón de casa y el dorso al descubierto. La hechicera le miró algo sorprendida, no esperaba que sus palabras tuvieran éxito tan pronto. Sin querer asustarla dió un golpe a la mesa con la palma de la mano y ella saltó de un respingo.
Eran demasiadas horas invertidas en soñar, jamás había sentido algo así. Quería conocer a una mujer así de hermosa, de sensual, de no sabía que adjetivo emplear para que le entendiese. El conjuro que prometió darle como remedio lo rechazó, inquiriendo de ella otro conjuro que acelerase el acercamiento, estaba convencida de que sabría reconocerla en cuanto la viese. Lo mismo pensaba él. Por ello sabía que no coincidiría en su lugar de trabajo y tampoco en un lugar habitual. Puestos a discutir de la conveniencia o no de una poción que agilizara el trámite sin aún haberse visto más que ensoñando, trató de agarrar a la mujer pero ésta se escapó de sus manos y apretando de nuevo su brazo con imposición, le dejó claro que necesitaba un remedio como le parecía mejor, no para dejar de tener los sueños, que era lo que quería venderle Dunmila, como era llamada. Le invitó como visitante a una exposición cultural de ocultismo para profesionales y curiosos, lo que aceptó acompañado de sus hombres para que ellos también pudiesen disfrutar de una salida «distinta».
Sus ganas de ir no se centraban en eso, solo pensaba como quitarse esa imagen femenina de su cabeza. Su aliento se contraía y sentía ganas de morder esa piel, de cogerla entre sus fuertes brazos, de penetrar su esbelta forma. Lo que escapaba totalmente a su razón. Pensaba que tal vez conociéndose, se le quitarían las ganas que le poseían.
Tal vez descubriese allí el modo o lugar donde coincidir con la Nueva, su compañera imaginaria.