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RELATOS cortos, con audio: «Relación profunda»

LA TENTACIÓN SANADORA

Toman unas crepes, degustando el salmón ahumado con el aromatizado de eneldo, limón y pimienta negra compartidas con queso blando. La hora de despedirse tocaba a su fin. Pero R no quiere dejarlo así y le pide a D ir a visitar a la abuela, con la excusa de que conoce la cura para su supuesta dolencia. Piensa que se puede enamorar de la mujer que tiene ante sí y que a ésta no parecería disgustarle. De modo que acepta a que la acompañe, lo que le hace sentir mejor sabiendo que llegará bien a su casa.
Rápido y en silencio se encuentra ante una fachada gris de piedra que tiene varias puertas, siendo una de la señora mayor y otra de la nieta, comunicadas por un patio interior con una doble caseta donde es acompañado entre susurros a modo de oración de la anciana y la joven que lleva un incensario encendido. El camino hasta allí lo hizo cogido de la mano de ésta, convencido de que aquello sería entretenido para ambos, a través de la caricia amistosa.
La anciana le hizo pasar a la caseta bien iluminada, aséptica, aromatizada y con un toque tan rústico que le parecía estar en casa de una santera, aunque se presentara como sanadora. "Tu guía está en letargo, querido", le decía al tiempo que le hacía sentar. Dio paso al ritual de apego hacia los guías y maestros espirituales con una oración experta y de respeto a los seres luminosos cuando cogiendo un purito lo chupaba y echaba el humo hacia R, que empezaba a temblar vehemente sin control. Se oyó un golpe seco fuera, como si un gran cajón hubiese caído al suelo y la santera prosiguió con brío con un ritual del plano astral, indicando que alguna mujer no presente le había echado un hechizo de amor y por eso su corazón sufría al no corresponderle en el fondo, pues se había enamorado recientemente. El rito continuó un buen rato entre quemadores y salmos cuando de repente un fuerte trueno irrumpió y siguió con lluvia.
Las plegarias finalizaron, dejando de temblar y volviendo a tomar de la mano a Dunmila que le besó en la boca como señal de que su corazón le correspondía. Sin saberlo había estado bajo el influjo de un fuerte amarre con la intención de caer en manos equivocadas de alguien con aspecto algo mayor que él y con pelo claro. Ya sabía quien era. Las manos le temblaban. La anciana pensó que no era buena idea que saliera de allí con aquel tiempo y tan influido como estaba tras la limpieza espiritual, pues le convenía reposo. Aceptó pasar la noche en el desván abuhardillado si D le acompañaba. La anciana no se opuso.
Así se dispusieron en un camastro y una butaca para descansar, pero eran demasiadas emociones. Los latidos de su corazón resonaban tiernos y D le acercaba cada poco la poción de enebro y otras hierbas especiales que le había preparado la señora, con la condición de volver a la mañana siguiente por si necesitaba nueva limpieza de desapego.
Bajo el calor de la chimenea, los dos se miraban y R se acercó a las piernas y apoyando la cabeza en su regazo. Ella le acariciaba el pelo liso y corto, su cuello que sentía fuerte y duro, sus hombros estremecidos al contacto, sus labios que la besaban. Y así se quedaron apeteciblemente dormidos al calor de aquel hogar.
Al cabo de unas horas, ya amaneciendo, R volvió a temblar. La lluvia no cesaba y D se despertó sobresaltada con una extraña sensación, como si alguien quisiera observarles. Enseguida se levantó y ahumó la buhardilla con un sahumerio. Le dio de beber y le puso una manta por encima, a lo que éste, ya despierto y tiritando, le agradeció con un gesto compasivo e implorando que se tumbase a su lado. Los dos, junto al fuego sus cuerpos cercanos, sosteniendo las manos juntas, ella comenzó a quitarle la camisa para darle unas friegas y que entrase en calor. El miraba sus cabellos de colores, su tersa piel acariciándole mientras le recorría el torso. Sin palabras comenzaron a unirse y a besarse con lentitud, sin prisa. La abrazó con firmeza y besó su cuello palpitante.

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